Se sienta, da una pitada a su cigarrillo a punto de consumirse, inhala y exhala aire tres o cuatro veces e intenta escribir.
Recuerda la visita de Javier por la mañana. “Tomo un café y me voy”, había insistido él; para acompañar el desayuno llevó una docena de facturas. De la mochila sacó unos cuadernos y le pidió que le explicase el uso del sujeto y el predicado. Ella, María, bebió su café en silencio, comió dos medias lunas, mientras que él le señalaba algo en la hoja:
-Acá, por ejemplo, ¿está bien hecho?- María no contestó, dio el último sorbo al café- ¿Y, está mal, no?
-¿Para qué estás cosas? Era un café, tomalo, te espero a que lo termines y nos vamos. Dale, se enfría.- concluyó y se levantó a acomodar unas cosas que estaban dispersas en la mesada.
Él saltó sobre ella, le subió la pollera y la cogió. María no se resistió, y siguió guardando las cosas. Javier se sentó, bebió el café y fumó.
-Me voy, cerra la puerta cuando te vas.
Fue al trabajo, acomodó papeles, el jefe le reprochó su ineficiencia, archivó carpetas e hizo llamados
Ahora mira la máquina de escribir, sus manos sobre las teclas, tomo de un trago el whisky y escribe: “Guarda las cosas en la heladera. Tira papeles en la basura. Pone las lapiceras en el cajón y margaritas en el florero. Cierra las puertas de la alacena.” María levanta la vista, mira la puerta que da al comedor. Sabe que está ahí, hace milanesas y corta tomates y lechugas. Saque el papel y lo pone en un costado. Se levanta, se estira la pollera, agarra el vaso vacío y sale.
domingo, 5 de agosto de 2007
miércoles, 1 de agosto de 2007
En la ventana

Se despierta temprano. Se viste con la ropa que usa los lunes y se dirige al sillón que está junto a la ventana. Se sienta y espera a que la mucama le traiga el desayuno: café y algunas tostadas con manteca. Prende un cigarrillo, da una bocanada y lo pone en el cenicero, deja que se consuma. Mira a través de la ventana, con la cabeza inclinada y una mano encima de la otra.
-¿Dormiste bien?- le pregunto, resistiendo a bostezar- Me duele el cuello, estoy un poco contracturado… Tendría que ir al masajista, ¿qué decís?
La mucama pide permiso para entrar. Adelante, le digo y me acomodo en la pared. Entra, deja la bandeja con el desayuno y sale.
-¿Qué decís? Tendría que ir al masajista- le repito-, ¿no? Con este calor, me duele la espalda y el cuello. No sé qué pasa. También me despierto traspirado. ¿Voy no? Más bien al médico tendría que ir.
-Si, al médico-, dice secamente.
Desayunamos. Ella come una tostada, da un par de sorbos a su té.
Me visto. La beso en la cabeza y le digo:
-Me voy. Quizás después de trabajar pase por el masajista. O por el médico, si consigo turno.
lunes, 23 de julio de 2007
Caja
Camino. Un bosque.
Un árbol. Arranco una hoja. La guardo en la caja.
Giro.
Una playa. Tomo un grano de arena. Lo guardo en la caja
Salto.
Un mar. Agarro una gota de agua. La guardo en la caja.
Voy a la orilla.
Una cabaña con chimenea, con humo. Una entrada sin picaporte, sin timbre. Empujo la puerta. Entro. Un living sin muebles, con sombras.
La risa en alguna de las habitaciones. La encuentro; es de un hombre sentado con un habano, con traje, con cara de payaso. Sonríe. La caja, dice. De cartón, respondo. ¿Está todo? Si, contesto.
¿Te gusta el color de mi ojo? Prefiero el arco iris. De la manga saca un sombrero, de la otra una paloma. La pone en el gorro. Me muestra el hueco vacío. La paloma desapareció. ¿Dónde fue? No sé. ¿En el bolsillo? No está. ¿Detrás de la oreja? Tampoco. ¿Otro truco? Bueno.
Me agarra. Me pone dentro de la caja. La cierra.
Un árbol. Arranco una hoja. La guardo en la caja.
Giro.
Una playa. Tomo un grano de arena. Lo guardo en la caja
Salto.
Un mar. Agarro una gota de agua. La guardo en la caja.
Voy a la orilla.
Una cabaña con chimenea, con humo. Una entrada sin picaporte, sin timbre. Empujo la puerta. Entro. Un living sin muebles, con sombras.
La risa en alguna de las habitaciones. La encuentro; es de un hombre sentado con un habano, con traje, con cara de payaso. Sonríe. La caja, dice. De cartón, respondo. ¿Está todo? Si, contesto.
¿Te gusta el color de mi ojo? Prefiero el arco iris. De la manga saca un sombrero, de la otra una paloma. La pone en el gorro. Me muestra el hueco vacío. La paloma desapareció. ¿Dónde fue? No sé. ¿En el bolsillo? No está. ¿Detrás de la oreja? Tampoco. ¿Otro truco? Bueno.
Me agarra. Me pone dentro de la caja. La cierra.
Cielo de sal
Ekaterina volaba con su pollera verde. Tampoco le podían faltar sus botas azules. Antes de elevarse se trenzaba el pelo. Después lo anudaba a su cabeza, que a la distancia parecía una corona de laureles.
-Ekaterina, Ekaterina –le gritaba- no te olvides los guantes y la bufanda.
Tengo que mencionar su chaleco amarillo y negro. Sin él no la distinguía en el cielo.
Por temor le ataba una soga en la cintura; por el otro extremo la sujetaba a un árbol.
Cuando los turistas pasaban por casa y me veían sostener la soga, miraban hacia el cielo y me preguntaban:
-¿Cómo haces para remontar tan alto?
-Es mi hermana- respondía-, a ella le gusta volar.
Recién ahora comprendo porque palmeaban mi cabeza después de la confesión.
Durante la tarde jugábamos. Ekaterina desde el cielo y yo en la tierra. Ella dejaba caer un guante. Perdía si no lograba evitar que toque el piso. Muchas veces se extraviaron en los árboles.
Un día, al bajar del cielo, estaba mojada. No dio explicaciones y fue a dormir. Por la noche revisé su habitación. Las paredes estaban empapeladas de algas.
Al atardecer del día siguiente la encontré recostada en el patio del frente. Cuando me acerqué vi que entre las costuras de su ropa había escamas.
-No quiero volver- dijo y se quedó dormida. La llevé a su cama.
Al día siguiente la fui a despertar. No estaba. Encontré su ropa, que continuaba mojada. Hace dos años que no sé nada de Ekaterina. Pero todos los días, todas las tardes, siempre cae desde el cielo un guante verde.
-Ekaterina, Ekaterina –le gritaba- no te olvides los guantes y la bufanda.
Tengo que mencionar su chaleco amarillo y negro. Sin él no la distinguía en el cielo.
Por temor le ataba una soga en la cintura; por el otro extremo la sujetaba a un árbol.
Cuando los turistas pasaban por casa y me veían sostener la soga, miraban hacia el cielo y me preguntaban:
-¿Cómo haces para remontar tan alto?
-Es mi hermana- respondía-, a ella le gusta volar.
Recién ahora comprendo porque palmeaban mi cabeza después de la confesión.
Durante la tarde jugábamos. Ekaterina desde el cielo y yo en la tierra. Ella dejaba caer un guante. Perdía si no lograba evitar que toque el piso. Muchas veces se extraviaron en los árboles.
Un día, al bajar del cielo, estaba mojada. No dio explicaciones y fue a dormir. Por la noche revisé su habitación. Las paredes estaban empapeladas de algas.
Al atardecer del día siguiente la encontré recostada en el patio del frente. Cuando me acerqué vi que entre las costuras de su ropa había escamas.
-No quiero volver- dijo y se quedó dormida. La llevé a su cama.
Al día siguiente la fui a despertar. No estaba. Encontré su ropa, que continuaba mojada. Hace dos años que no sé nada de Ekaterina. Pero todos los días, todas las tardes, siempre cae desde el cielo un guante verde.
recostada
blanca, quizás blanca
mueve su pelo negro, sin canas.
bebe.
imagina una ventana,
detrás un árbol de hojas verdes y frutos rojos.
pared blanca, quizás una mancha negra
acaricia sus piernas.
fuma y bebe,
piensa un hombre
que usa sombrero.
recostada en la pared blanca.
bebe, fuma y toma un trago.
recuerda la cama sin sábanas,
no duerme,
no sueña;
fuma y bebe.
mueve su pelo negro, sin canas.
bebe.
imagina una ventana,
detrás un árbol de hojas verdes y frutos rojos.
pared blanca, quizás una mancha negra
acaricia sus piernas.
fuma y bebe,
piensa un hombre
que usa sombrero.
recostada en la pared blanca.
bebe, fuma y toma un trago.
recuerda la cama sin sábanas,
no duerme,
no sueña;
fuma y bebe.
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